En la gran mayoría de las ocasiones es así.

Para todos aquellos a los que nos gusta el deporte y que hemos sufrido alguna vez una de esas llamadas “rotura de fibras”, este texto puede ser útil y puede aportar un poco de luz y sentido común. Por qué no decir, un poco de ciencia a nuestro día a día.

Todos nosotros hemos oído muchas veces como algún compañero o paciente nos contaba cómo se había roto un músculo, cómo se había producido un desgarro muscular, o cómo, incluso, se podía notar un agujero tocándose allí donde más le dolía en la pierna. Nosotros mismos también lo hemos dicho en muchas ocasiones. Lo explicamos o lo visualizamos como si se tratara de un contra muslo de pollo al que cuando le hincamos los dientes, literalmente, se desgarra. Nada más lejos de la realidad.

Hoy en día, gracias a los avances en la medicina del deporte a nivel de imagen diagnóstica, pero también a nivel de entendimiento del comportamiento de las lesiones, se han podido desmitificar conceptos como éste, ayudando a los profesionales de la salud a poder abordar mejor sus problemáticas.

Vamos a empezar con una breve distinción entre aquellas lesiones que sí se podrían considerar una lesión muscular como tal, de las que no.  Incluso, se debería cambiar la forma de nombrarlas.

Vivimos en un mundo de sobreinformación donde cada vez hay más capacidad de acceso al conocimiento. Forma parte de nuestro deber como profesionales ser capaces de trasladar a nuestros pacientes y compañeros aquellos conocimientos de los que deben ser partícipes.

En un primer grupo, están las lesiones musculares que se producen por el denominado mecanismo directo. Esto es, principalmente, un golpe sobre el tejido muscular. Aquí entraría desde el típico “bocata” en el cuádriceps hasta las contusiones que se producen en deportes de combate, por ejemplo. Este tipo de lesiones, que implican un impacto directo sobre el tejido muscular, son las que sí se categorizan como rupturas musculares. Es decir, el tejido que se lesiona, se rompe, sangra… llamadle como queráis, son las fibras musculares en sí. En el resto de ocasiones no es así.

En un segundo grupo, incluimos todas aquellas lesiones que se producen por el denominado mecanismo indirecto. Son aquellas que se manifiestan sin que haya un impacto directo sobre el músculo. Ya sea al correr, al sobre estirar, al impulsarse, las producidas debido a la fatiga y a un largo etc.

La evidencia científica nos habla en la actualidad de que en este tipo de lesiones la afectación se produce principalmente en el tejido conjuntivo más que en el tejido muscular en sí. Para que nos entendamos, este tejido conjuntivo, sería una cobertura muy fina que recubre cada una de las fibras musculares, cada uno los grupos de fibras musculares y cada uno los músculos en sí. Es una capa extremadamente fina, como un “film de plástico” que recubre todo tejido estructurado. Este tejido, por tanto, está en estrecha relación con el tejido muscular. Está adaptado totalmente a su forma y adherido a él, pero también está adaptado y adherido (formando parte de la estructura en sí) a los tendones y a muchos otros tejidos.

Lo que nos dice la medicina hoy en día es que las lesiones musculares, que deben llamarse así, no son roturas del músculo, sino que son lesiones a nivel de este tejido conjuntivo, en su unión con el tejido muscular, tendinoso, etc.

Por lo tanto, para ser más estrictos con la nomenclatura, deberíamos hablar, por un lado, de lesiones de tipo miofascial y de tipo miotendinoso en los casos en que la lesión afecta a la unión del tejido fascial con el tejido muscular y con el tejido tendinoso respectivamente. Por otro lado, podríamos hablar de las lesiones tendinosas en sí. Son otro caso aparte y estas sí que son la rotura parcial o total del tendón. Finalmente, de las lesiones intramusculares, que no dejan de ser una lesión miofascial, pero a nivel más “profundo” del músculo y con menor gravedad porque tienen menos afectación de este tejido conjuntivo.

Cuando se produce un episodio lesional, se genera algún tipo de tensión o tracción muscular que el organismo no puede tolerar de forma adecuada. Entonces se produce una alteración a nivel del tejido conjuntivo en los lugares que hemos citado. Se produce una separación o apertura entre el “film de plástico” y el tejido que estaba recubriendo, generándose así la lesión. Este espacio que se ha generado en la separación es el que se va a llenar del sangrado y los fluidos fisiológicos que se generan como respuesta. A la vez esta afectación es la responsable del dolor, de la impotencia funcional…

Por otro lado, tenemos una serie de mitos o concepciones que se han asociado históricamente a este tipo de lesiones. Por ejemplo, que “se recupera 1 cm de lesión cada semana”, que “se ha roto 17 cm del músculo” o que se ve el “agujero de la lesión”.

En cuanto a la primera concepción, vamos a decir que las lesiones no se van recuperando centímetro a centímetro como si los extremos se fueran aproximando y el punto central fuera el último en repararse. Lo que se produce en todo el tejido afectado es un proceso de reparación que ocurre en toda la superficie afectada. A partir de ahí, en base a cómo sea el nivel de afectación, lógicamente, hay algún lugar de la lesión que puede mejorar antes que otros, pero la recuperación es de todo el tejido en sí en un mismo proceso de reparación, no poquito a poquito.

Hoy en día cuando se diagnostica una lesión, se especifica la ubicación y el tipo de tejido afectado. Se da un pronóstico de semanas que viene condicionado por estos factores y también por el historial previo de lesiones. Sin embargo, el criterio para valorar el número de semanas de recuperación, por ejemplo, no está relacionado con que la lesión afecte a 1,3 o 5 cm de tejido, ni a que el sangrado sea más o menos relevante, etc. El mecanismo de pronóstico es más elaborado que eso y también más fiable. En este campo tenemos una medicina del deporte pionera y de un altísimo nivel que nos ayuda cada día en nuestro trabajo.

Por otro lado, en cuanto a la longitud de la lesión, solemos recibir descripciones de lesiones de una extensión que podría ser incluso terrorífica. ¿Existen lesiones de extensión muy severa? Sí. ¿Son lo habitual? Desde luego, y afortunadamente, no.

Lo normal es que una lesión de tipo miofascial o miotendinosa, además del tejido afectado, implique un derrame que se filtra por los tabiques musculares (por un tema de fluidos y de la gravedad) y a la hora de hacerse las pruebas complementarias puede ser muy escandaloso. Pero estamos hablando que gran parte de ese “escándalo” es el derrame, puesto que la lesión del tejido en si misma, en un porcentaje elevadísimo, tendrá una envergadura mucho menor.

También está la concepción de que ¡se ve o incluso se palpa el hueco que deja la lesión muscular! Esto sólo ocurre en casos de arrancamientos o de desinserciones. Se trata de lesiones de gravedad muy severa en las que el músculo, literalmente, se arranca de su anclaje; o en lesiones por mecanismo directo en que la contusión rompe el tejido.

Si la lesión es miofascial y hablamos de que es una lesión entre planos de tejidos, no podemos ni ver ni sentir un hueco con los dedos. Otra cosa muy distinta es que, al tocar, sí que podamos detectar la zona de la afectación. De ahí la importancia de la palpación y la exploración por parte del fisioterapeuta.

Vemos entonces que nos encontramos ante un conocimiento de la lesión muscular que es cada vez más detallado y adecuado a la realidad en la que vivimos a nivel deportivo, y que requiere también que el abordaje terapéutico sea acorde a él.

Por ello, recomendamos que si habéis sufrido alguna lesión de este tipo os pongáis en manos de un profesional de la fisioterapia deportiva. ¡Os podrá ayudar a daros las guías y estrategias de recuperación más adecuadas a vuestro caso y facilitará la vuelta a la actividad deportiva lo antes posible!

Xavi Linde Cot

Hablemos de fisioterapia deportiva: Los músculos no se rompen.
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